Saturday, October 15, 2011

Volver.

 En cierta medida, esta nueva ciudad donde vivo me sume en un letargo como el de esos días de verano en que habito un colchón drenada por el calor. El gran debate es cómo subsistir fuera de la ficticia burbuja del paternalismo que por años me amamantó. Pasé de ser hija y esposa, a madre y cabeza de familia en una economía de mercado que entró de sorpresa con un cercano cambio de localidad geográfica  bajo un mismo clima y otra estructura social.

Con cada regreso a la isla la conmoción pulula. Para el primer viaje, hice planes minuciosos de charlas hasta bien entrada la noche tratando de cubrir una ausencia de tres años. La realidad fue sorpresiva. Unas horas después de haber pisado tierra entendí cabalmente que ya no podía vivir en aquel Macondo y que ese pedazo de tierra al que pensaba volver después de retirada ya no sería mi hogar. Aunque luchaba internamente por adaptarme a un nuevo régimen de vida, el que me acompañó durante veintiseis años me resultaba radicalmente ajeno y me hizo reconocer el nuevo como permanente. Ese fue el primer encontronazo. ¿Adónde van a parar cinco lustros que armaron mi espíritu?  Mis padres decidieron quedarse en la villa para cuidar a los suyos cansados de llevar sangre migrante en las venas y luego se les hizo muy tarde para volver a empezar. Se resignaron a ver partir a sus hijos quedando el nido vacío. Los amigos dispersos por el mundo, salvo algunos pocos que no pudieron escapar o se acomodaron a ciertas prebendas sórdidas que acallan el ser.

En la isla, el tiempo vive detenido. Despierto a las siete de la mañana a tomar un café y sentarme en el portal a ver pasar las mismas caras. La imposibilidad de compra y venta de casas, sepulta a las personas en domicilios que se han agenciado. Los vecinos te abren la verja de la casa sin invitación previa y te plantan un beso sonoro en las mejillas-"Estás igualita, tú no engordas". No acabo de entender por qué asocian primer mundo con adiposidad. Me preguntan de mi vida y trato de explicarles cómo funciona, intento ilusorio, hay experiencias que no son palpables sino en la piel. Es como las parejas que van a contarle al cura sus problemas matrimoniales. ¿Qué entiende ese señor  de dinámica de pareja, de cuentas compartidas, de frialdad sexual por tensiones múltiples?

Los recuerdos de mi crianza me levantan en vuelo. Leo en mi lengua materna, los días se alargan para que devore un libro tras otro rememorando los años en que nadie me esperaba y la lectura dictaba mi agenda.   La isla me apapacha de la mano de la cocina de mi madre, vuelvo a ser la niña de la casa. Las horas transcurren recostadas en su cama escuchando conciertos de piano. Cada viaje supone un cotejo de fuerza moral. Creo que la distancia la embarga con el temor de la cercanía de su trayecto luctuso y que le queden historias por desentrañar. Animo a mi padre a meternos al cuarto de la terraza para buscar libros y vinilos para traerme a mi nuevo hogar. Me cautivan los estantes depositarios de bienes de abolengo traducidos en páginas amarillas de impresiones baratas y portadas encuadernadas resistiéndose al paso excesivo de los años y el uso desmedido. Mi abuela se refería a esa habitación como el cuarto de la doméstica, reíamos con su arrogancia de provinciana acomodada. En realidad era el cuarto de Nila que venía de lunes a viernes a cocinar y limpiar. Los sábado eran de almuerzos en el 1830 y los domingos se alternaban entre "Las Ruinas" y las mediasnoches que mi abuelo acompañaba con café con leche pasadas las seis y media de la tarde. Mi padre adoptó a Nila como un familiar más y aunque ya no estaba en casa para la época en que comencé a hacer mis recorridos habituales por la cocina, el aroma de sus guisos y la jarana de mi padre llegaron a mi vida con una frescura de cascada. Después de la muerte de mi abuela mi padre convirtió la habitación de Nila en custodio absoluto de su mejor tesoro: los libros.
Los libros estuvieron en mi vida desde que tengo uso de razón. Mis padres hicieron el apartamento de mi madre su morada cuando comprendieron que vivir con mi abuela sería una faena humanamente imposible. Debido a lo reducido del espacio las paredes se llenaron de repisas acopiando libros y hasta en el cuarto de baño teníamos un librero. Recuerdo que aprendiendo a leer en primer grado pasaba más minutos de lo previsto en mi aseo descodificando títulos en los tomos de los libros hasta que el grito de mi madre me llamaba a cenar. En aquella época había un volumen amplio que tenía un matiz misterioso para mis seis años pues no lograba imaginar de qué trataba ese libro que volvía una y otra vez a la mesa de noche de mi padre y que mostraba a grandes letras "La Civili Zación Maya".

Otra rito obligado es mi paseo por la parte "vieja" de la ciudad. Los sábados en la tarde eran "días de ir a la Catedral". Mi madre se perdía entre los artesanos buscando sandalias y bolsos de piel en lo que mi padre nos daba a mi y a mi hermana una visita dirigida a cuanto museo y calle se le pusiera delante. Durante mis útimos dos viajes mi padre se ha resistido a esas caminatas así que me he ido con mi madre que siempre se entusiasma con la idea de comprarle a los vendedores que rodean La Plaza de Armas y recurre a ellos buscando para su nieta libros infantiles con ilustraciones magistrales que son difíciles de conseguir. Me gusta caminar por callejones poco transitados y tomar fotos de gente real sin afeites de promoción turística.

 La villa es seductora. La brisa marina y la luz tropical realzan las edificaciones que caen a pedazos. Las ruinas aún se imponen contando historias de una heterogeneidad a ratos déco, ecléctica o nouveau. Este viaje hice algo inusual, caminé por el Paseo del Prado hasta llegar al mar. La similitud con mi caminata por Las Ramblas el verano anterior fue conmovedora. Recuerdo haber caminado desde el mar adentrándome hacia la ciudad pero en esta ocasión el recorrido a la inversa ofreció un panorama completamente diferente, saliendo de la sombra de los árboles y una urbanización en forma de chaflán por una vía que conduce a la anchura del mar.

La despedida es siempre aciaga. Vuelvo a sentir que privo a mis padres de lo mejor, vuelven sus miradas perdidas, como un acto que queda inconcluso.

Sunday, October 9, 2011

Namaste

      Viniste con lluvia y extenuación pero te sacaste las ropas mojadas y en ese mismo rincón donde cayeron dejaste la inercia. Tu beso incineró mi vestido dejando mis pechos descubiertos y tras la combustión, la cadencia del jadeo fue sólo perceptible con el roce de las dermis. Asumí el papel de la hetaira que te ha acompañado doscientas jornadas de narraciones que calmaban tus apetencias egocéntricas. Recreamos los días de rock and roll bailando en las sombras y la resonancia crónica de mi cuerpo subyugado al compás de tanto jazz taladrándonos hasta la médula, perfecto ejercicio de arrojo de temores para ensamblar las almas. Derrochamos contracciones y sudores segando el aliento y cuando no nos quedaba centímetro sin calar nos tumbamos a contemplarnos los cuerpos, perplejos ante la impotencia de no saber distinguir los confines de tu piel y la mía amoldadas por la misma gama.
     El eco de nuestras voces interiores hizo imperceptible el barullo blando de la ciudad y nos perdimos entre el abigarramiento de concreto buscando residencias secundarias para el consuelo del espíritu, de conjunción primitiva y moderna; y así sin saberlo, nuestros pies nos condujeron al mar, inicio de vida, escenario nuestro. Nos espetamos en la brisa y el salitre desempolvó el primer abrazo desnudo. Supusiste tu entrega mísera para el encuentro, andabas en eso de darte entero y me hablaste sin ambages de ese universo tuyo que esconde tu fachada. Confiaste tus verdades, tus miedos, tus deseos, tus lágrimas de emoción, tu descubrimiento de la futilidad de la vanidad que en ocasiones amenaza la consecución de la gloria.
     Sólo después que te fuiste noté que no te despedí con un abrazo o un beso, que me quedé suspensa segregando y adhiriendo las dádivas de tu existencia.

Tuesday, October 4, 2011

Días de feria.

       Anoche mi hija me pidió permiso para sacar dinero de sus ahorros y le eché la cantaleta sobre lo importante que es "guardar pan para mayo" como dirían los viejos sabios, a lo que contestó diciendo que eran sólo dos dólares. Realmente no toqué más el asunto, estaba corriendo entre la cocina preparando su cena y mis ejercicios. Esta tarde cuando llegué a recogerla en el cole me tendió una bolsa ligera con un peso emocional imponente.
       La bolsa contenía dos marcadores que me compró en la feria del libro. "Mira mamá- me dijo- dos marcadores para los libros de tu mesa de noche". Su carita de orgullo me remontó veinticinco años atrás cuando me le aparecí a mi madre con "El amor en los tiempos del cólera" que se había agotado en algunas librerías e inexplicablemente lo tenían en la feria de la biblioteca central de "Ciudad Libertad" donde estudiaba en aquella época. Volví a ver la cara de mi madre cuando le entregué el libro después de esperarla a que terminara sus clases en la Academia de Bellas Artes. Ese tarde se me hizo eterna. Al salir a las 4:30 caminaba hasta su trabajo y la esperaba hasta las 6 que terminaba su última clase. Aquellos años fueron gloriosos, despuntaban todos los plásticos y escultores que hoy llenan galerías en Miami y el mundo y yo deambulaba entre las clases magistrales de historia del arte, el taller de grabado y la biblioteca atestada de  volúmenes valiosísimos que con mi sonrisa de niña ávida devoraba tras prometer cuidar de ellos.

      Un niño me sacó de mi ensimismamiento preguntándome si sabía a qué hora venían sus padres  por él y caminé hasta el estacionamiento tomando una foto de mi sorpresa. Pero al subir al coche no pude controlar el flujo de una emoción de dos décadas y rompí a llorar con las lágrimas de mi madre. Lágrimas de orgullo por ese pensamiento que nos acompaña en ámbitos de literatura y que nos trae a la madre de la mano de un libro o un marcador.

Saturday, September 24, 2011

De amor platónico y cópula.

     Era viernes y los viernes son diferentes. El viernes es mi carta de triunfo, funcionan mis juegos, me sigues la rima y logro sacarte el letargo burocrático de la semana, vuelves a ser mi adolescente. El sexo es un juego, no hay que tomárselo con tanta seriedad. Juegas con la niña encerrada en un cuerpo de treinta años, desato mi entusiasmo y te contagio con la pandemia de complacencia física.
      Ese viernes comenzó platónico, nos encontramos a la entrada del teatro. Al verme sonreíste como si te volviese el alma al cuerpo, aún no te acostumbras a mi impuntualidad. Me tomaste de la mano y me arrastraste con el flujo de espectadores que socializaban en el vestíbulo hasta el último momento. Nos cobijaron dos asientos en el cuarto piso que poco nos dejaban visualizar, pero la música nos rodeaba. Las arias salvaron la inconveniencia de  la localidad  de nuestros boletos y Dalila se olvidó por unos minutos de seducir a Sansón e hizo el embrujo nuestro. Entrelazamos nuestras manos sirviéndonos de lazarillos para  adentrarnos al edén y vertimos las lágrimas de Sansón. Mi maquillaje terminó arruinado y nuestro espíritu salió redondo.
     En el camino a casa se nos desató un hambre descomunal y pasamos a comer algo por ese sitio criollo al que nunca vamos pero donde sirven comida hasta tarde. Nos sentamos en una mesa al final escondiéndonos del mundo para tomarnos nuevamente las manos mientras te susurraba al oído "Mon cœur s'ouvre à ta voix" y en eso nos sorprendió el camarero que escudriñó nuestras ropas que no iban a tono con el local. El ignoró nuestras miradas, pero la pareja de la otra mesa se dió cuenta y nos regaló un gesto como un código secreto. Devoramos la comida comida con una avidez de mil demonios, en vano tratando de  aplacar la insaciabilidad corporal que nos roía por dentro.
 Conducías a casa y mi mano apartaba mi vestido surcando mis ingles. Era un festín en solitario, no te dejaba acercarte, te miraba y guíaba tus ojos al sur de mi cuerpo. El deseo nos condujo a casa porque a esa hora sólo seguíamos la ruta de la sensualidad. No nos dimos tiempo, apartaste mis bragas con dos dedos y me ensartaste ocultándonos los rostros sin caricias. El inicio fue un dolor que superó la barrera, te abrías paso sin importarte mi concenso, el convite era tuyo  y dispusiste de mi cuerpo a tu antojo expurgando zozobras, arrastrándome en el remolino de tu apetito, sacando tu nombre de mi garganta en una expulsión de savia que maceraba nuestros sexos.
    La noche del viernes terminó como había empezado, pediste irte a dormir con mis ojos y despertar con mi sonrisa. Me pegaste a tu piel y en ese abrazo nos hicimos un amor en silencio, reinventando las  palabras con el mutismo como una condición de respeto.

Thursday, September 15, 2011

Receta para enfermos del alma.

De lo relativo a los humanos, el alma, es la primera víctima de los  forcejeos emocionales. Nada más común que ver ojos que fueron brillantes perder la luz al sentir que el alma está abatida.
De todos los adobos y especias, el amor, es el mejor para preparar comida para enfermos del alma. El amor, a diferencia de la albahaca, el cilantro y la canela, tiene la propiedad de dar aroma, sabor y textura a los platos más sencillos sin ocultar los sabores únicos de los alimentos. Cuanto más amor ponemos más realce se logra. Pero eso sí, tiene que ser natural. Las recetas hechas con amor sintético o deshidratado envilecen los alimentos.
El amor como las flores arranca una sonrisa a enfermos del alma.

                      Sopita de pollo modificada.

Lo más importante de esta sopa es la selección de la presa, esta debe ser fresca. Pollo viejo es un  oxímoron, algo así como inteligencia militar o conservador apasionado. Para este plato se deben seleccionar partes frescas del ave. Tiempo atrás cuando mi abuela enamoró a mi abuelo con sus platillos uno iba a la carnicería del barrio y pedía ver el pollo. Hoy día, los pollos están identificados con nombre y apellidos. Cada pollo tiene su fecha de nacimiento, defunción y le agregan una muestra de ADN para que uno sepa algo de su historia familiar. Se compran las piezas o el ave completa. Evite adquirir el pollo en el supermercado, esos han estado expuestos a un frío abrasador de almas. Para esta sopita no compre pollo deshuesado o sin piel. Usted mismo puede quitarle el cuero y el hueso siguiendo las sencillas instrucciones de cualquier manual de anatomía avícola.
Vamos al grano....... Necesitará:
Patatas, zanahorias, calabaza, letricas, fideos, cebolla, una hoja de laurel, comino, orégano, perejil, albahaca, preferiblemente el pollo con hueso y amor puro.
Cocinemos
Antes de empezar limpie bien el pollo, cuéntele de sus compañeros de olla y acaricielo hasta que se le ponga la piel de gallina.
Coloque un litro de agua en una olla y ponga la temperatura al máximo. Si usa fuego libre(hoguera o fogata),dele viento a esas llamas!
Agregue una cucharada grande de sal al agua hirviendo, la cebolla, la hoja de laurel y demás condimentos.
Introduzca el pollo en la olla lentamente, deje que el agua y los condimentos lleguen hasta sus huesos.
Cuando empiece a ver actividad en el agua(ebullición), revuelva lenta y consistentemente. Use una cuchara larga de madera. La textura armónica de la madera ayudará a darle carácter a la sopita.
Baje la temperatura y añada las patatas, calabaza, zanahorias y letricas. Dibuje versos en la superficie. Para el que use fuego libre, póngale vino a esas llamas y tape la olla.
Cuando crea que el pollo ha esparcido su esencia por toda la olla, saque el caldero del fuego y espere a que decante.
Sirva en plato grande.

La vanidad es otro condimento esencial en el recetario para los enfermos del alma. Los encargados de alimentar han usado siempre esta especie. Pero al igual que el azúcar, su exceso, empalaga, produce náuseas.Un aspecto relacionado con este es el éxtasis alimenticio. El cocinero debe entender que el comensal tiene plena confianza en él, baja su defensa y se entrega. He ahí la razón por la cual se debe dosificar la vanidad, es más, debe combinarse con la humildad en una proporción de 1 a 1267. La vanidad desencadena una reacción física en los enfermos del alma. Si es positiva y prudente, resulta ser afrodisíaca, de lo contrario puede terminar con la persona enferma matándola de hambre.

Si el comensal cierra sus ojos y empieza a gemir mientras saborea lo que le hemos presentado y sus labios se ensanchan como buscando besar y luego con mirada penetrante busca respuestas en el cocinero, usted ha desencadenado un orgasmo culinario. Si este fue sincero, bésese las manos. Es usted un mago!

Sunday, September 11, 2011

Sin senos no hay paraíso.

Conozco una mujer que dice que su terapia antidepresiva es irse de compras. Va y compra compulsivamente, tampoco que haga falta estar deprimida porque el sistema  ayuda. Siempre hay algo que comprar porque siempre tienen ventas. Recuerdo que al día siguiente de regresar de mi último viaje a la isla ya estaba revisando los folletos de los comercios para ver que tenían “en venta” e irme de compras para llenar la despensa y quizás quitarme esa sensación que te embarga allá, pues aún con dinero no tienes acceso a  lo que necesitas o lo que quieres; pero ya sabemos que la escasez es un mecanismo para mantener a la gente entretenida. Volviendo a mi conocida, le gusta deprimirse porque así tiene  pretextos para comprar sin sentido de culpa, una forma de llenarse de cosas que temporalmente llenan un hueco que nada tiene que ver con poseer pero que desconoce cómo colmar.
Anoche, sin ventas o algo que se le parezca me fui a Victoria’s a buscarme unos sostenedores de algodón. Nada de satín o encaje, nada elaborado, iba por la comodidad del algodón que me ayuda a pasar estos veranos casi eternos de la ciudad sin que sude a mares. Y allí entre diseños de flores primaverales y colores enteros que son los que me dominan finalmente se me acercó una señora cuarentona y  mirando deliberadamente mis senos y  mi elección, me dijo que los ”push ups” eran buenos, que su hija los usaba todo el tiempo hasta que se decidió a operarse. Bendita decisión,según ella , porque la pobre muchacha sufría un complejo que la perseguía en forma de maldición y a la que ya unas cuantas han sucumbido llevándolas al quirófano para agregar silicona a sus pechos ; y que ahora estaba tan feliz, que era otra persona. Al parecer la chica se tomó muy en serio el mensaje distorsionado que ha envíado la sociedad últimamente donde el culto a la belleza  física y alcanzarla a través de la cirugía soluciona todos nuestros males.
Se despidió la  señora no sin antes mostrarme un juego de brassier y bragas que le compró a la hija y sugerirme que si alguna vez tenía la posibilidad me pusiese implantes. "Si ves la de pretendientes que tiene mi hija ahora ”, me dijo. Olvidé preguntarle si la hija antes de operarse los senos no querría implantarse algo de materia gris en el cerebro. Como dice un amigo, " Sin senos no hay paraíso? Menos mal que se inventó el GPS, si no acabarían todas en el infierno". También olvidé comentarle que seduzco a mi hombre sin paño que me cubra, que sólo me gusta ataviar mi cuerpo con un par  de stilettos.

Saturday, September 3, 2011

Tarde lluviosa.

Tras un enojoso lapso llegó el día tantas veces soñado. Sabía que al final vendría a su antojo y no como los caprichos de la mente se atrevían a esbozar. La noche anterior decidió ponerle dígitos a una ausencia inaguantablemente extensa y le sorprendió  que unas docenas de días no hubiesen hecho mella en la mezcla de voluntad y entendimiento  que definían su amor. Cuidó con recelo cada detalle imprescindible. Desmochó todo vestigio capilar y sobornó su piel con un baño de miel y canela. Era este, un artificio burlón de vanidad pues sabía que llegado el momento su piel lloraría melaza ante la proximidad de su aliento. Combinó la falda marrón con camisa de lino y calzado de tacón. El cabello libre, una esencia floral y la falta de accesorios completaron su elección.  Puso en un sobre el libro de poesía que había hecho las tardes de tantos amantes y mostraba en sus páginas años de humanas convocatorias al amor.  

Cuando llegó la tarde corrió a verle desafiando la brevedad, el tráfico y el temporal que se avecinaba. Qué importaban las nubes si la luminosidad invadía su dermis? En el elevador se deshizo de unas bragas que poco servían porque al saberle cerca no daban abasto para  acopiar el incontinente flujo de feromonas soliviantadas por el eco de una voz que le daba el único calificativo de “mujer”. Al abrirse la puerta, le esperaba con la mano tendida y la agarró a tiempo evitando que su cabeza diese con el techo en un ascenso que más que un duelo con la ley física de la gravitación presagiaba un viaje al centro de la tierra.

A duras penas cerraron la puerta y se fundieron en un abrazo entero que duró una eternidad. La aferraba a su cuerpo calándola hasta los tuétanos. Se buscaron las bocas extirpando el cáncer del distanciamiento y allí entre papeles burocráticos que no rimaban con la irracionalidad de sus huesos se amaron porque no había algo tan alentador como confinar a la nada el pasado inapetente de sus carnes sometidas al infortunio de la desesperanza. Afuera, la tarde vertía en las calles el anhelo de felicidad del cielo en forma de gotas de agua.