Wednesday, March 28, 2012

El boceto.

La halló sentada en la alfombra frente a un anaquel atestado de libros de arte. A primera vista, una pierna extendida bajo una falda que aunque la cubría dejaba entrever unas extremidades torneadas.  La otra, al parecer, acomodaba el pie frente a su ingle en una flexión que le permitía inclinarse hacia adelante para apoyar sus codos buscando sostén y el torso desdoblado sobre el libro como buscando insertarse en sus páginas. La melena lucía recién lavada  aún mostrando algo de humedad y caía cubriendo mayormente el dorso, a la vez que algún que otro mechón le acariciaba las axilas.
Las reproducciones del artista llenaban su casa. Cuando sus ojos y su alma se lo pidieron, comenzó a ocupar las paredes. Cada una representaba la mujer que quería: un ser candoroso con aires de ninfa traviesa. El artista describía mujeres sensuales, rojo en el cabello, bocas listas para paladear y beberse el digestivo. En sus obras desafiaba la teoría del color. No importaba si los colores eran cálidos o fríos, la vestimenta abigarrada o ninguna; lo que quedaba eran los rostros. Sus bocetos no eran más que líneas y garabatos carentes de cromatismo y aún así, ahí estaban los ojos perdidos, la boca abierta en abandono interpretando ad libitum.
Parándose a su lado, fisgoneó con gusto. De este lado lucía una mujer entera. La figura señalaba camino andado, pero bien llevado. El punto marcaba sus líneas y el escote generoso sin rayar en lo vulgar, le regaló las formas. La detalló sin prestar atención al libro que buscaba y ella sostenía. Los senos pequeños y redondos trazaban una curva natural  proporcional al resto de su cuerpo. Entre tanto, el ojo femenino lo medía. Subió desde los zapatos hasta llegar a sus caderas. Ya sabía que era algo superficial de su parte mirar los zapatos de un hombre, pero eso hablaba de su personalidad. Sintió la cara interna de sus muslos aprisionando esas caderas masculinas y su pelvis amasando líquidos. Volvió atrás en el volumen. La modelo se acariciaba con los ojos cerrados saboreando su intimidad, ahora compartida. Levantó la vista del dibujo y lo miró con firmeza, pidiéndole con un gesto que bogara a su espalda. Reclinándose en su pecho guió una de sus manos hasta el pezón derecho para que el ardor que la consumía se fundiese con la fricción del pulgar e índice masculinos. La izquierda se movía por su cuenta escalando  aprisa bajo la falda hasta encontrarse con unos dedos menudos que la detuvieron. Estos, la condujeron a la cima del monte y la hicieron bordearlo uniformemente para luego dejarlo que hiciese solo el camino a la gruta. Adentrándose en la caverna, dejose abrazar por la cálida humedad que lo recibía. Pensó el hombre cuán desorientado había estado al creer el Paraíso tan lejos de esta profundidad de la Tierra y dejó que la corriente lo llevara hasta el fondo.

Sunday, March 18, 2012

El árbol.

El primer árbol ofrecía olor a naranjas, un frescor citrico que acompañaba  cuchicheos cómplices de adolescencia. Fueron  tiempos de levedad. Se besaba porque si, por intercambiar salivas y restregueos, sin entregar más.  Las comparaciones eran mínimas y se besaba apurado como queriendo comerse el mundo. El  desorden mediaba. Se besaba por un libro que gustaba o por un concierto compartido. Sólo la madre sabía la verdad y le dijo a un chico –“ a ella se le conquista fácil si sabes qué hacer, la magia está en que perdure ese instante” Aún no plantaba semillas ni recogía riego humano.
Con el tiempo llegaron los sembradores. Con cada átomo de luz, salía una ramificación, una bocanada de oxígeno indomable. Los acogía combinando espacios de sombra para que  el sol no los cegara.  A medida que se erguía en toda su esbeltez, llegaron los días de profundidad y menguaron los besos.  Dejó de abrirse a las bocas como antes.  Los besos eran el vehículo que  enviaba la señal a su sexo, y desde allí   medraba, como raíz aferrándose a la tierra.
 Y comenzó el aprendizaje. Cuando ya se creía fija al suelo, este empobrecía ante la falta de abono y las raíces comenzaban a moverse. Así aparecieron las primeras hendiduras en una superficie robusta a primera vista. Con los años, la concavidad amenazaba volverse una sima irrellenable, como un pozo al que se lanzan piedras con la ilusa esperanza de escuchar el agua y devuelve un sonido hueco cada vez más atronador. Se sucedieron los trasplantes y con ellos los tiempos de búsqueda de tierra fértil. Un respiro resfrecante inicial y  luego, la angustia ante cada  zambullida de sequedad.
A la llegada de la primavera, se sumó el intercambio de plexo solar. No se habló de principios o finales, de semillas o frutos. Allí en el medio del campo, se levantaba el árbol. Caminó hacia el sin premeditación y se sentó bajo su sombra para luego acostarse a contemplar las ramas. A través de ellas alcanzó a ver el sol. Entonces supo que debía incorporarse para abrazar su cúspide. Con el labial rojo marcó las ramificaciones hasta llegar al tronco y allí se sentó a bailar. Sin que mediara el viento, la base se estremeció  y las hojas cantaron un himno tántrico. Las ramas se alargaron hasta  alcanzar el cénit al tiempo que llegando a la raíz, quedó plantada.

Tuesday, February 28, 2012

Cinema.

El lugar daba muestra a todas luces de lo que era un espacio que promovía talento sin hacer caso a lo que vendía.  La mayoría de los que asistían al cine no lo hacía buscando  filmes que los hicieran pensar. En cambio, añoraban una cinta fácil que los sacara de sus embrollos diarios. Inconscientemente volvían a entrar al mundo del cual trataban de escapar; pero lo hacían en cuerpos ajenos.  Cuando comenzó a asistir a las sesiones de proyección de películas internacionales, le parecía estar en la piel de Totó descubriendo la magia del cinematógrafo de la mano de Alfredo.  Regresaba a casa con una sonrisa y pasaba días pensando en los diálogos, en una fotografía que decía más que mil palabras, en la música que era tantas veces, protagonista.
Esa tarde al comprar su boleto, entró a la sala con un entusiasmo que no podía explicarse. Las luces ya se habían apagado con el comienzo de los comerciales y a tientas buscó una butaca cercana a la puerta de salida que le permitiera escurrirse una vez terminada la presentación. Era tímida y tratando de evitar miradas, casi introdujo la cabeza en su bolso fingiendo buscar algo. Una voz cadenciosa le pidió permiso y al pasar frente a ella sus ojos se desviaron de la pantalla para sólo volver a ella tras el choque de miradas que le metió al hombre en el cuerpo por el resto de sus días. Sintió que la piel próxima a ella irradiaba una energía sensual que la quemaba más que el sol de verano a mediodía en un campo adusto sin árboles que diesen sombra.  A la vez, su cuerpo aceptaba gustosa ese calor que prometía fundir una glaciación que se había apoderado de ella durante mucho tiempo. Le tomaba su tiempo abrirse. Además, tras unas cuantas experiencias fallidas, se prometía una y otra vez no entregar más, aún cuando supiese que era inútil. Terminaba dando porque no podía aguantar la tibieza de sentimientos, la aridez que la hacía envejecer al cerrarse al universo y no decirle ni tan siquiera en murmullos que amaba. Al tomarle la mano en una de las escenas, supo que no había escapatoria y que ese hombre cuyo rostro apenas distinguía entre las sombras estaba hecho para ella. 'Atrevido'- pensó. Retiró la mano reprochándose no ser intrépida. De repente sintió miedo. ¿Y si  el gesto de apartar la mano le quitaba todo lo que no había empezado  pero sentía suyo? Ahi junto a ella, un pedazo de materia que lejos de cualquier ínfula  de posesión se presentaba como un instrumento redentor. La falta de movimientos corpóreos silenciaban cualquier indicio de práctica y ya empezaba a alarmarse cuando el personaje masculino disparó la flecha que dejó una marca roja en la parte inferior de la túnica de la virgen.  Los diálogos enmudecían ante la cítara, tal como se cocía entre ellos un libreto que alcanzaba protagonismo en si mismos.
   Antes de que encendieran las luces salió arrastrando los pies y sin mirar atrás, huyendo sin ganas de lo que quería y rogando que viniese tras ella. Volvió a sentir la mano y esta vez la dejó acariciarla. La ternura firme del gesto le sacó el espanto del cuerpo. Le vendó los ojos y cerró los suyos.  Parecían  ciegos acomodados a ver con las manos. Estudiaronse con la boca y el tacto hasta caer en una hipnosis regresiva que les habló de sus vidas. Comenzó a balancearse de un lado al otro como un péndulo rigiendo destinos. El hombre la recorría con los dedos espaciando el momento del disparo. Cual diestro arquero flechaba su cuerpo con labios y roces. Al salir la saeta y alcanzar a la fémina, más de una vez había sangrado humedad por el cono sur de su cuerpo.

Friday, February 10, 2012

Dos es 1 +1

 Ahora la avenida parecía interminable, toda su holgura extendida ante  unos pies que se arrastraban sin rumbo fijo. Daba vueltas con la vista extraviada desconociendo el lugar que había pisado desde siempre. Estaban los mismos de otros días y rostros nuevos que se perdían en la bruma de masas humanas con sus cargas a cuestas. Tanta tristesse escapaba al clima, a una ciudad alegre, a sí misma que con frecuencia lograba desterrar la abulia; mas hoy la poseía con una fuerza brutal ante la que se sentía indefensa. No sabía que día de la semana sobrevivía, inmersa en un silencio aniquilante.  Se asomó a un quiosco  y vió la fecha en el periódico local. La señora le preguntó si quería alguna revista y con un gesto de la mano le contestó negativamente. Tres días más y volvería. Y con él, las jornadas de amor y desasosiego, de admiracion y desprecio; dependiendo de cuan André o Marc fuese.
André era el amante bandido, la sal de la relación, ese que le arrancaba risotadas o insultos, aunque a veces prefería callar y dirigirle una mirada de lástima por los momentos de vulgaridad emocional. Se pintaba como el hombre que sabía todo de las mujeres y coleccionaba amigas en redes sociales que sin saberlo alimentaban su ego con comentarios que, en ocasiones, denotaban mediocridad. Poco sabe la vanidad distinguir una cosa de la otra al ser foco de atención. Ella era otra espectadora, una silente. Tras varios mensajes privados donde hablaron de sexo y otros temas hasta la saciedad, se vieron en aquel bar. Entre vinos y tapas desentrañaron mundo  y adentrándose en los vericuetos de la mente le contó como la penetraría. Sin saber cómo ocultar el sonrojo y deseosa de acariciarse le pidió que la excusara para ir al baño. Hasta allí la siguió y así,sin más, la doblo sobre el lavabo y haciendo a un lado sus bragas entró hasta sacarle los colores y los calores por cada poro de su piel. André fornicaba como lo haría con una ramera, descubriendo su esencia de hembra en estado natural; y le pagaba con sonrisas de malandro, hasta el momento en que explotaba. Entonces, cerraba los ojos y parecía un hombre puro. Su rostro exteriorizaba la respuesta a la interrogante que la atormentaba cuando lo derrotaba la apatía.
Marc era el eterno novio, el cante jondo. Le hablaba de una ciudad donde se sentarían a ver atardeceres. Para Marc cocinaba con clavo de olor y mucho antes de que el olor del guiso escapara del caldero, la besaba buscando el aroma de su piel. Marc la hacía volar mucho antes de que sus piernas se abrieran a él. En su mente le ponía versos que eran dignos presagios del ascenso y cuando exhaustos yacían, ya sin aliento, desordenaba su cabello tatuando poesía cual axioma en su pensamiento. Era el creador al que observaba en silencio y a un tris de interrumpirlo para pedirle un beso, se mordía los labios conteniendo su deslumbramiento. Marc era el hombre frágil que corría a refugiarse en ella, llorando todas las lágrimas del mundo en su seno; y el que clamaba amarla sin motivos aparentes.
Hacía tiempo había aceptado la realidad: la convivencia no era para ellos. Al menos, no momentáneamente. Le desconcertaba tanta calma, tal desdén por esa perentoriedad habitual de los amantes de vivir juntos y sumirse en la rutina de un hogar. Se resistía a dejar que detalles mundanos mataran el romance y la adrenalina acumulada a la espera de un encuentro. Alguna que otra vez, cuando un viaje o algún proyecto lo alejaban por días, extrañaba dormir una siesta junto a él  o levantarse en la mañana y colarle el café  batiendo el azúcar morena con la primera erupción. Ni siquiera contaba las horas o los minutos, prefería medir la calidad de la plática y del sexo o de cualquier acto terrenal que se les antojase. Ella esperaría, cual Penélope moderna, trabajando en algo que disfrutase, haciendo las veces de mujer independiente con vida propia que no se estanca por un hombre.  Y sin embargo, había puesto un par de reglas: poco le importaba si se acostaba con otra mujer, tampoco que quisiese saberlo; empero, el sexo no contaba. Lo que nunca soportaría sería que se involucrase sentimentalmente con alguien. Los conciertos de verano en el parque, los encuentros para comer algo en el café, las caminatas por el Barri Gotic y los libros de regalo sin aniversarios que celebrar, serían exclusivamente suyos.
De repente, vio una entrada de metro y revolvió su bolso buscando el pase. Le quedaba un solo viaje y desdeñó la idea de regreso a su piso. Subió los escalones de la colina evitando las escaleras mecánicas, buscando un agotamiento físico que le hiciera olvidar las horas que ahora contaba. Caminó el sendero que llevaba desde el final del parque hasta la entrada triunfal del dragón colmada de turistas tomando fotos. Escurridiza pasó frente a los nichos de piedra donde las palomas se escondían a mitad de la tarde para amarse entre sombras. La simbiosis se reflejaba en el músico y su laúd. Se sentó a escucharlo  aguardando la reapararición.  Las manos de André tañían el laúd con fuerza arrancándole en cada nota un suspiro propio de Marc.

Friday, January 27, 2012

La herencia de bisnonna.

    Desde que tengo uso de razón  he escuchado la historia de mi bisabuela que murió a los dos meses de fallecer mi bisabuelo. Cuando una es pequeña, escucha eso y  realmente no le presta mucha atención. En la adolescencia me parecía lo más romántico del mundo eso de morir de amor. Años más tarde, siendo ya madre, me preguntaba cómo esa mujer llegó a amar hasta el punto que perdió el sentido tras la partida de su amado y descuidó a seis hijos, incluido un par de mellizos recién nacidos; pero lo poco e intenso que he vivido me ha hablado de irracionalidad, en unas ocasiones más conmensurable que en otras.  Poco sé de ella. Al parecer, la dejaron en el olvido porque no existen imágenes suyas. Pudiese ser que al asumir la adopción de sus hijos los diferentes padrinos, se haya perdido lo poco para la época que había quedado en fotografías.
   Nacida en Santiago de Cuba y para ese tiempo ya muy criolla, tenía origen italiano; así que ya sabemos la naturaleza appassionata de dónde nos viene. Y es que cada generación, salida de ese vientre  ha parido mujeres de miel a las que es casi imposible resistirse; pero que con la misma fuerza, devienen en iracundas si la situación lo amerita. Como somos mujeres muy refinadas, no nos enredamos en escándalos ni nada que se le parezca. Ante el público, hacemos uso de estos ojos poderosos que nos dieron y con una mirada helamos a cualquiera. A más de una he visto salir corriendo y permanecer alejada bajo pretexto de estar ocupada. Para la intimidad de la habitación dejamos el desgarramiento, la rabia y los celos; y transformamos toda energía negativa subyugándola en movimientos corpóreos. De haber vivido en el medievo, nos hubiesen quemado a todas. Al principio de conocer a mi hombre, me gritaba "Bruja" cuando le mencionaba algo de lo que pensaba no tenía ni idea. El apelativo recae menos sobre mis hombros pasado el tiempo, pero aún se queda frío con mi poder de intuición  Estas son cosas que heredé de mi madre y ella, a la vez, de su nonna.
    Mi abuela fue a parar a la Habana con sus padrinos, después de haber vivido con unas monjas por un par de años. Al parecer llegó a detestar todo resquicio de falsa piedad religiosa que nunca la acogió pues no se pagaban altos tributos por su crianza. De esa falta, desarrolló una conmiseración por cuanto desamparado llegaba a su puerta.  Se servían suculentos platos en el amplio portal de la casa que mi abuelo le construyó en el barrio de Buen Retiro y cuya placa fecha el año de nacimiento de mi madre. Mi abuelo estudió en New York y a su regreso a Cuba trabajó durante años como chef en el Nacional. No obstante, en esa casa de barrio habanero, el universo mágico de los calderos era de nonna. Durante mi infancia fue la cocina mejor equipada que ví en la Habana y Nitza Villapol hubiese enrojecido de ira viendo a aquella mujer diminuta moviéndose de un lado a otro balanceando las caderas de matrona italiana y mucho más si hubiese alcanzado a oler los vapores que despedían las ollas mientras guisaba.  En los almuerzos domingueros y cuando ya algunas copas de oporto relajaban el ambiente, se contaba como en sus años de juventud y antes de conocer a mi abuelo, iba a bailar a un club donde cierto político acostumbraba a pedirle una pieza hasta el punto de acosarla. Con toda la irreverencia que la caracterizaba, se le plantó delante en una ocasión que susodicho señor apareció con su esposa y sin preámbulos le preguntó si esa noche no iba a invitarla a bailar. Su cuerpo diminuto guardaba una fuerza envidiable. Mi abuelo partió antes que yo naciera y nonna quedó sola al cuidado de sus hijas y con un ramillete de nietos que hizo la alegría de su vida. Nunca contó pormenores de su relación con él, mas guardaba en su mesa de noche un fardo de poemas escritos durante su época de noviazgo y que fue lo que conquistó definitivamente a esa reina de corazones.
    Con tanta historia, no es de extrañar que no me sorprendiese nada el comienzo de la relación de mis padres. Mi madre me cuenta sin tapujos porque dice que sólo yo puedo entenderla. Sentada una tarde en el portal de su casa con dos hijos de un matrimonio fallido (creo que se hombre huyó intimidado por tamaña mujerona) vio a mi padre pasar y dijo- "Ese hombre va a ser mío". Y suyo fue. Mi padre cayó rendido ante una mujer madura que amaba con ansias de niña y a la que el infortunio no le quitó las ganas de dar. Desafiaron cuanto se puso por medio. La de veces que a través de los relatos de mi madre viví noches de bohemia en La Habana de finales de los sesenta, los besos a hurtadillas, las entradas nocturnas de mi padre en el piso de mi madre, la sorpresa familiar del anuncio de nupcias a solo dos días del suceso. Y con setenta años, cuenta esta mujer esa historia y sus ojos se encienden como el primer día, con el mismo brillo de las miles de fotos que le tomó mi padre que la hizo se musa.
     A los cuatro años, fecundado fue un óvulo que esperaba impaciente por hacer suyo el legado idólatra de tres generaciones. Surgí una mañana, como Afrodita, ya hecha mujer.  Me colmaron de mimos y viendo a mi madre aprendí que se besa a plena luz del día, deteniendo el tráfico, inmortalizando el aire suspendido en el roce de los labios. Y cuando mi hombre dibuja mis labios, la boca espera con el jugo de esa isla bañada por el Mar Tirreno y renovado por el Caribe. La mía entona epitalamios que su boca sucede.

Saturday, January 21, 2012

Sexo, fotos y cintas de vídeo.

Lo habían recomendado como un profesional de fotografía en blanco y negro. Hacía rato buscaba alguien que reflejara sus líneas naturales fuera de un estudio. En realidad quería quedar plasmada como Tina en aquella foto de Edward Weston donde exhibía un cuerpo maduro. Cambiaría la azotea por un muro con mar de fondo y bajo un sol tenue que evitase sombras chinescas. El deseo de posar no era tanto un culto a la desnudez como musa inspiradora sino el deseo de explorar su cuerpo sin que mediase un espejo. En un primer contacto, el fotógrafo le dijo que por lo general no hacía desnudos porque era fácil hacer arte con los arcos de una mujer. Sin embargo, algo en la voz femenina le dijo que habría más que un torso y unas extremidades al descubierto.
Antes de sentir el  calor y la humedad le llegaron los claroscuros y los sonidos. Como el clima no acompañara, la cita se dilató; y un buen día, comenzó a recibir una procesión de imágenes que esperaba él reprodujese llegado el momento. La mujer adoptó como costumbre irrenunciable enviarle archivos fotógraficos  de su presencia en la piel. Las instantáneas iban en blanco y negro. Se había decantado por la luminosidad del contraste de una dermis casi transparente y el detalle de dos areolas encendidas cuando asomaba el torrente de las ganas. Las ropas abandonaban su cuerpo a una señal y se mostraba tan mágica como sus ojos quisieran verla. Quería, cuanto antes, desprenderse de todo y mostrarle el lado traslúcido que tantas veces había soñado. De la pasividad de las fotos pasó a unos cortos, cuando las ganas de él la hacían bailar frente a la cámara y hacerle cintas donde gradualmente la música se apagaba acallada por una respiración fuerte que terminaba expulsando su nombre del templo por donde él se paseaba.
Llegado el día, depiló sus labios inferiores para que la colmara de besos y llegara a su hueso sin otro intermediario que la lubricación que su cercanía le haría desprender. Antes, le beso los pies y las rodillas y apartó cualquier remanente de tela para bebérsela a gotas mientras le clavaba los ojos en una mirada que hablaba de mucho más que deseo. ¿Qué entiende la perspectiva del cuenco que ahora le recibía y rebosaba de placer? Las imágenes quedarían como una alegoría de pérdida cuando, sola, le buscara.  Entonces, se las enviaría para recordarle ese momento de derroche y ternura.
Ese día redefinió la dicha. La dicha no cabía sino en esos dos cuerpos secretando al unísono. Hay imágenes que el lente no puede captar y se revelaban en la poesía que le leía mientras su cabeza reposaba en su vientre; vientre que acogía la vida que le brindaba su esperma. Una imagen facsímil de la dicha, cristalizada al retomar el cuerpo que fue suyo ayer y lo era hoy, como siempre.


Wednesday, January 4, 2012

El lago.

       Abrió la ventana que daba al lago y llenó sus pulmones del aire gélido. Cierto calor humano se había instalado en su alma y desafiaba cualquier alusión poética de comienzo primaveral en esos primeros días de diciembre. "Envíame una foto del lago helado"- le había pedido y él había esperado pacientemente una primera nevada que diese efecto de postal comercial. No le gustaba ese tipo de expresión pero no podía negarle algo tan mínimo. Enfocó hacia el lago y pensó en la irreverencia de un paisaje tan quieto y el remolino interno que sentía y al que se negaba a ponerle nombre. Trataba de hacer un recuento de los primeros acercamientos a esa mujer que ahora veía como una inoportuna de la que no podía prescindir.
      Habían empezado por enumerar las cosas que tenían en común hasta hartarse de registros inútiles. El alma no entiende de cuentas sino de descalabros a flor de piel.  Después vinieron los rasgos auténticos que no pueden contarse, los gestos que hacen la cotidianidad insólita. Así, leían un libro simultáneamente e intercambiaban frases en mensajes, hasta que se le ocurrió mandarlos como notas de voz. Comenzó a recibir poemas de Kavafis y Lorca, el Credo de Nazoa y se le antojó que aquellos versos habían sido escritos para ser declamados por esa mujer. Otras, cantaba canciones a capella. No importaban la entonación o el registro. Creía que si el canto salía de su pecho, la melodía invadiría su boca y podría susurrarle madrigales al oído. Escribía notas a mano y le envíaba las fotos sin atreverse a esperar la demora del correo tradicional. Luego, las recibía y ponía en el rincón de la pared donde acumulaba los recordatorios de asuntos urgentes. A veces, dejaba pasar un par de  meses esperando que ella olvidara el envío y entonces retrataba la nota y la despertaba con una de las preguntas o afirmaciones que ahora hacía suyas.
           No necesitaba sus fotos para verla ahora en las aguas del lago. Una aparencia moderna contradecía su naturaleza mas bien romántica. Al ver su rostro no podía evitar pensar lo que se habían perdido los maestros del Renacimiento. La hubiesen inmortalizado en mil óleos, pero por estos días ya nadie pintaba eso. Una nota melancólica asomaba a sus ojos cuando faltaban las palabras y la distancia se hacía tangible en ellos.  La tecnología les ofrecía imágenes que hablaban por sí mismas. La veía apagada, haciendo la tristeza hermosa y a la misma vez lo enamoraba el derroche de amor de sus pupilas. Revelaban un perfil platónico y otras tantas veces su culpa carnal hasta que se cerraban por la fuerza del arrobo o la caída de la cabeza hacia atrás. Así la tuvo entre sus brazos mientras su boca la acogía. Su cuello parecía buscar el sol que le aumbraba el rostro, lista para emprender vuelo y desprenderse de lo terrenal. Sólo escucharlo la calmaba temporalmente. Su voz abría las puertas a la esperanza. Eso le gustaba de los hombres maduros. A diferencia de los de su generación, los que pasaban los 40 no dejaban que la virtualidad reinara y entendían la supremacía del calor humano aún de lejos; y él comprendía a cabalidad lo importante que eran para ella las llamadas. La llamaba camino a su hora de almuerzo y lo veía caminando entre tanta gente ruda que ni se miraban a la cara, como si hubiésemos sido todos hechos siguiendo un mismo patrón y los ojos no revelaran existencia alguna. No podía ver la ciudad sino a través de su mirada. En cierta medida, desprendía un pedazo suyo en cada exposición a la luz o las sombras y dotaba de vida cuerpos hasta entonces inermes con la magia de una instantánea.
     Le asombró el pedido de la foto del lago. Sabía que tanto tiempo sin verse la afligía y ahora con la ventana abierta, no podía evitar verla sino como una Ofelia desnuda sólo cubierta por las mismas margaritas que acostumbraba llevar enredadas en sus cabellos.  Corrió al teléfono y la escuchó distante, pero jovial. Enunció su petición y dijo que la esperaba. Colgó sin reparos. Un sonido anunció un mensaje y la respuesta llegó en forma de imagen. Ahi estaba en blanco y negro, la boca que siempre lo recibía. Volvió a la ventana y retrató la luna llena reflejada en el agua.